SOBRE HERMENÉUTICA Y RELATO

Notas para una ilustración narrativista acerca di-versiones y extra-versiones interpretativas

 Por: José Calvo González

(Málaga, 2 de enero de 2007)
 

A comienzos del mes de julio de 2006 tuve la oportunidad de coincidir en Madrid con el Profesor Paulo Ferreira da Cunha. Fue en ocasión que nos brindó a ambos la Universidad Carlos III, estando llamado él a integrar el Tribunal de Tesis de una discípula que bajo mi dirección colacionaba el grado doctoral. Hubo tiempo para conversación, paseo, y cacería de libros por los alrededores de la cuesta de Moyano, y para visita a una conocida librería jurídica. Cobramos varias piezas. Consiéntaseme esta metáfora cinegética, porque el bibliófilo actúa con una conducta semiótica semejante al cazador; sale de ojeo al campo de los libros, husmea como el perdiguero, acecha y descubre la pieza, que con algo de suerte luego echa al zurrón. Está, además, el disfrute de poder colocar y exhibir el trofeo en el correspondiente lugar de cada biblioteca. Claro que para no convertir los estantes y anaqueles de éste mueble tan especial en baldas de mera exposición, que es donde el amor por los libros trueca en taxidermia, no está contraindicado practicar en ellos la lectura, que es su natural destino y el modo en que los libros vuelven a la vida.

En sobremesa departimos acerca del porvenir Universidad, la charla continuó sobre Portugal y España, y también hubo momento para asuntos relacionados con “Derecho y Literatura”, interés que compartimos. Mi buen amigo Paulo es un hombre extraordinariamente culto, de inteligencia sagaz, y cordialísimo. Después vino la hora del intercambio de publicaciones, que cada cual traía para el otro, y por mi parte un ruego añadido. Solicité de su amabilidad la localización de un ejemplar en lengua portuguesa de A Correspondência de Fradique Mendes: memórias e notas, escrita por José María Eça de Queirós. En España, que conozca, hubo ediciones por Casa Editorial Maucci (Barcelona) en 1907, con traducción del socialista Juan José Morato, y el año 1933 en Diana (Madrid), que en su colección Revista Literaria ´Novelas y Cuentos´, la presentó como “novela satírica”; todas ahora muy poco accesibles. Editorial Destino, con prólogo de Carlos Reis y traducida por Elena Losada, la editó de nuevo en 1995; lamentablemente tampoco ya demasiado fácil de encontrar. Pero, por fortuna, queda la gentileza de amigos como el prof. Ferreira da Cunha, que en muy pocos días atendió y dejó efectivamente satisfecha mi petición. Recibí así un ejemplar (Ediçao “Livros do Brasil”, Lisboa, 2002) ajustado a la primera edición, de 1900 (Livraria Chardron, Porto, impresa por De Lello & Irmao), año que fue también el del fallecimiento de su autor.

Durante las pasadas fiestas navideñas he podido disfrutarla. Se trata además, posiblemente, del primer heterónimo de la literatura lusófona [vid. Carlos Reis: "Fradique Mendes: origem e modernidade de um projecto heteronímico", en Andrea Rocha (org.), Cadernos de Literatura, Coimbra, Instituto Nacional de Investigação Científica, 18, 1984, p. 45-60]. Fuera de ello, Luis Antonio de Villena se ha ocupado igualmente de Carlos Fradique Mendes, poeta de la modernidad, y del mismo Eça de Queirós, en Corsarios de guante amarillo. Sobre el Dandismo (Valdemar, Madrid, 2003). Sugiero que es llegado el momento de sacar a superficie de librería una reimpresión. O, quizás otra edición. Acantilado podría asumir ese rescate. Creo que hallaría perfecto acomodo en su línea y fondo editorial.

A Correspondência de Fradique Mendes me ha proporcionado, como he dicho, momentos de deleitosa lectura. A propósito de uno de ellos quisiera abordar un aspecto de la teoría narrativa del Derecho relacionado con lo que llamo “extra-versiones”. En sede académica he sostenido que toda versión narrativa de una historia puede interactuar consigo misma produciendo “di-versiones” como “con-versiones” “in-versiones” “re-versiones” e incluso “a-versiones” [La Justicia como relato. Ensayo de una semionarrativa sobre los jueces, Edit. Ágora, Málaga, 1996, 2ª ed. 2002, en esp. p. 87]. La aplicabilidad es manifiesta en orden a la construcción de la narrativa jurisprudencial; un discurso que se recicla a sí mismo mediante esa técnica combinatoria a partir de una misma “versión”, según va determinado por el principio del juez vinculado a la Ley. Distinto es el supuesto de la “extra-versión”. La carta que Fradique Mendes dirige a Guerra Junqueiro me ofrece la posibilidad de ejemplificar algo de lo que allí y en otros lugares dejé enunciado [mis trabajos “Iurisdictio como traducción” (1995), en Derecho y Narración. Materiales para una teoría y crítica narrativista del Derecho, Edit. Ariel, Barcelona, 1996, pp. 107-118 y El discurso de los hechos, Edit. Tecnos, Madrid, 1993, 2ª ed. 1998, p. 43]. Pero para ello me es preciso remontar a una colaboración publicada por el diario El País (Madrid), ed. de 15 de abril de 1997 (Sec. Opinión, p. 11) a firma de Gustavo Martín Garzo bajo el título de “Dibujar una cigüeña”.

En su primer párrafo dice así: “En un apólogo de Kafka, un emperador en su lecho de muerte llama a uno de los servidores. Le entrega un mensaje que tiene que llevar al otro extremo de su reino. El mensaje corre en dirección a esa frontera remota, pero el palacio es tan extenso, sus corredores y patios tan intrincados, que muere antes de alcanzar sus puertas exteriores. No es difícil saber lo que oculta ese mensaje terrible: “Somos cadáveres de permiso”. El mensajero sabe que la verdadera vida está en ese reino remoto, y que su misión es hacer todo lo posible por escapar. No corre para transmitir las palabras del emperador, sino para negarlas”. El artículo continúa en ese estilo tan personal y envidiable que caracteriza la prosa de Martín Garzo. Ella ha llenado muchas horas de atractiva lectura, desde El lenguaje de las fuentes (Lumen, Barcelona, 1994), primera en que le leí, a la última,  Mi querida Eva (Lumen, Barcelona, 2006), pasando por La princesa manca (Ave del Paraíso, Madrid, 1996), La soñadora (Plaza & Janés, Barcelona, 2002) o El valle de las gigantas (De Bolsillo, Barcelona, 2002). Ahora bien, en cuanto al pasaje kafkiano en cuestión mi parecer es que Martín Garzo compuso, sin duda, una “extra-versión”.

El texto de Kafka al que alude está contenido en La muralla china. Reza literalmente del modo siguiente: “Hay una leyenda que expresa bien esta relación. El emperador –así dice- te ha enviado a ti, el solitario, el más mísero de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más lejana lejanía, microscópica ante el sol imperial, justamente a ti, el emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su lecho, y le susurró el mensaje en el oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir en su propio oído. Asintiendo con la cabeza, comprobó la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y elevada curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del imperio-, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e incansable; extendiendo ora este brazo, ora el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué inútiles son sus esfuerzos, todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no terminará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto nunca, nunca puede suceder-, todavía le faltaría cruzar la ciudad, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos todavía con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a ti ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche” (Alianza, Madrid, 1990, pp. 16-17).

Tengo para mí que la “lectura” hecha por Martín Garzo de este apólogo de La muralla china podría ser tenida como una sobreinterpretación, acaso materia de misreading, un caso de malinterpretación. Sobre la noción de “lectura errónea” (misreading), acuñada por la escuela de deconstrucción de Yale, se ha escrito suficiente [vid. Harold Bloom, A Map of Misreading (1975), Oxford UP, London, 1980; Paul de Man, Blindness and Insight: Essays in the Rhetoric of Contemporary Criticism (1971), University of Minnesota Press, Minneapolis, 1983 2ª ed.; J. Hillis Miller, The Ethics of Reading: Kant, de Man, Eliot, Trollope, James, Benjamin, Columbia UP, New York, 1987]. Del concepto “sobreinterpretación” y acerca de su alcance, lo ha hecho Eco [Interpretación y sobreinterpretación (1992), Cambridge UP, New York, 1995]. Aquella noción y este concepto tienen en común originarse con el empleo de un cierto prisma hermenéutico que, no obstante su nítida transparencia puede, o no, dependiendo del punto de vista que adoptemos, determinar un erróneo enfoque. En auxilio de mi admirado Martín Garzo (del que seguramente no precisa), diría que tal vez él nos ha podido tentar con una concepción tradicional del point of view hermenéutico; esto es, el texto de Kafka contiene una lectura correcta, que habremos de presumir coincidiría con la ofrecida en su dibujo de la cigüeña, o también lo contrario, que porque ese punto de vista hermenéutico es de suyo una falacia, no existe interpretación correcta en el sentido de única, y tampoco la habría incorrecta, de manera que la suya no lo sería en realidad; no incorrecta, aunque tampoco correcta. Lo dibujado como una cigüeña no siempre ha de corresponder con el dibujo de una cigüeña. Pero es más, podría sostenerse incluso, en esta defensa que cada vez parece más prescindible, que “ni blanco ni negro, sino todo lo contrario”, pues sí existe una lectura correcta, pero tal sería sólo aquella capaz de satisfacer y cumplir favorable o convenientemente alguna determinada función institucional en un momento dado (Ronald Dworkin, in off).

Con todo, mi opinión se inclina a creer que el texto de Kafka presenta -en expresión adeudada a De Man- pocos puntos ciegos; sea que lo tomemos en el contexto de la obra kalfkiana, en cuanto prisma interpretativo de conjunto o mediato, sea asimismo en el más inmediato o particular de los fragmentos textuales antecedentes y consecuentes de La muralla china.

Considero que toda posible comprensión correcta del sentido interpretativo, que además de armónica lo sería institucionalmente, apuntaría hacia un tema en especial apreciado por Kafka: el lenguaje. Su texto nos habla de la última voluntad comunicativa que un moribundo, trasladar su menaje, y de la inconmensurable dificultad que enfrenta, también sin finalmente conseguir salvarla. Su emisión queda sin receptor, queda en silencio Frente a esto todo lo demás es innecesario y superfluo (sobreambunda, sobreinterpreta), y lo que precisamente observamos en el fragmento de Martín Garzo es que justo aquello es lo que falta, sobrando asimismo el resto. Ello llevaría a resolver el asunto considerando su versión textual como una desafortunada, y por eso imperfecta, comprensión del sentido proyectado desde texto matriz. Sin embargo, esta conclusión puede ser tan innecesariamente evidente como seguramente tendenciosa. Porque quizás exista todavía una oportunidad de conciliar el apólogo de Kafka y la fabula docet sobre la muerte en Martín Garzo. Es la siguiente: si pensamos que la muerte equivale al silencio, lo escrito por Kafka y por Martín Garzo se reconcilia en la idea wittgensteiniana de que al final de la tarde –al crepúsculo del lenguaje y la comunicación- sólo hay silencio, el silencio de una espera contenida, pero incontenible, y al cabo desesperanzadora. “De lo que no se puede hablar hay que callar” (Tractatus logico-philosophicus, § 7) / “No corre para transmitir las palabras del emperador, sino para negarlas”. Las palabras del emperador, su decir, son el indecible, son lo que hay que callar, son silencio. El mensajero de Kafka, como el de Marín Garzo, ciertamente marchan hacia el silencio de lo que “no se puede hablar”. Y en efecto, así todos somos corredores hacia la meta del silencio en una espera contenida, pero incontenible, y al cabo desesperanzadora: la muerte. Todos somos por eso “cadáveres de permiso”. La proximidad de la muerte, pues, como tema del que está vedado hablar, y en consecuencia hay que callar, que es tanto como comenzar a morir. Acaso sólo imaginarla: “Pero tú te sientas junto a ti ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche”. Puede que mi digestión interpretativa tenga la fortuna de persuadir, pero es falsa. Lo sé porque la he inventado así, y porque el mensajero de la muerte en verdad siempre encuentra al destinatario, siempre transmite su mensaje; nunca se queda en los aledaños.

De cualquier manera, haya sido más o menos afortunado este último intento de consenso interpretativo, mi verdadera apuesta interpretativa es que la supuesta “versión” kafkiana de Martín Garzo -aún si modélica- representa un claro ejemplo de “extra-versión”. Es decir, de la que rompe amarras con el texto al que en la tradición de una comunidad interpretativa de múltiple posibilidad intertextual (“con-versiones” “in-versiones” re-versiones” y hasta “a-versiones”) hubiera debido permanecer unida (vid. mi Comunidad jurídica y Experiencia interpretativa. Un modelo de juego intertextual para el Derecho, Edit. Ariel, Barcelona, 1992).

Y, a la postre, en algo coincidiremos, creo. La naturaleza deleznable, esto es, débil y quebradiza de los procesos de comunicación que imbrican mensajes lingüísticos. Las carencias del ideal de solidez en la discursividad comunicacional (Jürgen Habermas, en eco: actos de habla e Ideal heißt die Sprechsituation presupuesta en el principio U) son a menudo resultado de la falta de un adecuado ritual, de un ceremonial idóneo, con la secuela inevitable de primitivismo. No estará demás por eso recordar aquí, para terminar, el párrafo de A Correspondência de Fradique Mendes que ha motivado estas líneas, y por cuyo provecho nuevamente expreso gratitud al Prof. Ferrerira da Cunha.

Sobre a falta de ritos -y el primitivismo que de ello resultaba- escribió Fradique Mendes, individuo literario, desde la máscara narrativa de Eça de Queirós:

“A Guerra Junqueiro, Paris, maio

De resto, não se desconsole, amigo! Mesmo entre os simples há modo de ser religiosos, inteiramente despidos de liturgia e de exterioridades rituais. Um presenciei eu, deliciosamente puro e íntimo. Foi nas margens do Zambeze. Um chefe negro, por nome Lubenga, queria, nas vésperas de entrar em guerra com um chefe vizinho, comunicar com o seu Deus, com o seu Mulungu (que era, como sempre, um seu avô divinizado). O recado ou pedido, porém, que desejava mandar à sua divindade, não podia transmitir através dos feiticeiros e do seu cerimonial, tão graves e confidenciais matérias continha ... Que faz Lubenga? Grita por um escravo: dá-lhe o recado, pausadamente, lentamente, ao ouvido: verifica bem que o escravo tudo compreendera, tudo retivera: e imediatamente arrebata um machado, decepa a cabeça do escravo, e brada tranqüilamente: ‘Parte!’ . A alma do escravo lá foi, como uma carta lacrada e selada, direita para o Céu, ao Mulungu. Mas daí a instantes o chefe bate uma palmada aflita na testa, chama à pressa outro escravo, diz-lhe ao ouvido rápidas palavras, agarra o machado, separa-lhe a cabeça, e berra. ‘Vai!’. Esquecera-lhe algum detalhe no seu pedido ao Mulungu ... O segundo escravo era um pós-escrito ... Esta maneira simples de comunicar com Deus deve regozijar o seu coração” (pp. 143-144, ed. cit.).

 

Sin necesidad de acudir a métodos tan expeditivos como el empleado en ese post-scriptum, ¿es que acaso no precisamos de segundas, terceras y sucesivas misivas para asegurarnos de que nuestro mensaje llega al destinatario deseado? Y, ¡qué inútil tantas veces ese esfuerzo!

Desconozco cuál pueda ser la ventura del mío que ahora he escrito. Quería comunicar a propósito de estos varios ejemplos literarios la diferencia entre la capacidad de di-versión (y de divertir) de un texto y lo que supone una extra-versión. En el pasaje de Eça de Queirós descubro una espléndida ilustración sobre qué pueda constituir otra versión, en tanto que “re-versión”, del apólogo de Kafka, muy lejos de la “extra-versión” de Martín Garzo.

Confío que la distinción que este mensaje envía al menos pueda peregrinar hacia su eventual lector, siquiera hasta acercarse a una distancia razonable.

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